Bogotá

por Ene 22, 2019América, Miscelánea, Mujeres0 Comentarios

Entre el frío soleado, y los ruidosos chorros de humo carbónico de las busetas (talludas ballenas que le pasan a uno rasantes), las desconchadas paredes de las entrañas de San Victorino en Bogotá se hacen eco de una comercial tarde del neonato 2019.

A grito pelado, los vociferados artículos en venta callejera colman la capacidad de atención del novato visitante, que declina con genuina sonrisa los ofertones que los rolos (gente tan endurecida como noble, a quién se empeñe en leerlos entre líneas) se afanan en regalar.

Lina me dijo que nos veríamos en Bogotá, pero me mintió, el dinero que me pidió para el viaje se lo gastó en vete a saber qué pañales y papillas. No la culpo, me culpo a mí: he querido salvar del abismo a una pequeña delincuente, y he pagado por ello.

Pero no he desistido en mi felicidad andina, zafada milagrosamente de todo contratiempo.

Lejos ahora de la costa caribe que tantas promesas me incumplió, he re-descubierto a una Bogotá masiva (e inasequible) en la que, por todos los Dioses del Olimpo, siempre, siempre regresaré porque la noto tan materna y solemne como la cordillera que corona.

Eso sí, no viviría en Bogotá (idea que entretuve en su día), por su ritmazo y sus distancias. Es tan grande, que uno queda disuadido de abandonar la pequeña área en la que decida radicar. Entre polos urbanos, sólo un chirriante sistema de buses con carril propio le trasladan a uno, no sin penurias, apretujones, y silencios en trayectoria.

Sin embargo la sigo recorriendo a pie, como quién sueña tras un día agotador. Es una exploración tan onírica como la propiamente del sueño, una acusada adicción, caviar para unos pocos aventureros, una dependencia (la del flâneur) que pocos vivientes nos atrevemos a confesar a la platea.

De hecho, en el barrio en el que Lina me citó en falso (cosas que le pasan a uno), fue por mi soñado con dos meses de antelación. La blancuzca temprana tarde, la horizontalidad de la luz, el caminar arduo, las casas entreabiertas – al filo de lo privado -, el embrionario gentío que, pausando sus tareas, observaba disimulante al extranjero en su errar decidido.

Espero que te vaya muy bién Lina, ya no me importas, ya no me interesas, porque te he perdonado, porque la vida me sonríe terca, y me apremia a ignorar las inclemencias que no me pertenecen.

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