Estrellas paleolíticas, I

por Mar 22, 2020España y Europa, Mundo Contemporáneo, Política0 Comentarios

Hoy ha sido el primer día de cuarentena en Colombia.
Me ha encantado.

La gente tranquila, se lo ha tomado con calma, puertas domésticas abiertas, vida familiar, bachatón aquí, vallenato allá, la gente agradable, solazo.

La única nota discordante ha sido la policía, nerviosos como un caballo de guerra a punto de salir a la batalla.

Han amenazado, porra en mano e insultos parlados a un palmo de mis narices, a un disminuído mental que los ha llamado “perros” mientras hacíamos la cola diligentemente para comprar. Ni se han dado cuenta que era retrasado, lo que no les deja en muy buen lugar a ellos. He pensado en intervenir pero me hubieran puesto problemas por ser extranjero y tener que demostrar que llevo más tiempo aquí que el computable para someterme a cuarentena de turista obligatoria. Lo que supondría argumentos y confrontación, y se los veía con ganas de llevarse a alguien así que me he mordido la lengua.

Su negatividad es solo suya. Procuraré no dar expresión a la que ellos me provocan y seguir con las cosas buenas que tuvo el día.

Muchos videos, mucho internet, y creando un gimnasio casero, porque me temo que la cuarentena durará más de los 15 días que nos dicen, quizá un mes, o dos. Deporte en casa, aprendizaje, y una salida larga diaria al centro cuando haya un sol que no mate (tengo la excusa de ir al cajero de cierto banco) y tan ricamente.

Por la tarde he mirado el cielo, y cómo la Serranía Occidental, la que separa lo andino de ojos almendrados de lo afro-pacífico de ojos solares, se recortaba contra un cielo amarillo en sus limes.

Luego por la noche el frío de la alcoba me ha succionado entero: me dejé la ventana abierta todo el día. Un aire limpio y afilado de ausencia de combustible del aceite ese asqueroso ha invadido mis pulmones y saqueado a buen ritmo el calor de mi cuerpo. He cerrado una de las ventanas, pero antes de cerrar la otra he mirado a las silentes estrellas, ajenas a todo como si fueran un andorrano.

Primeo las he visto crudas, con ojos de niño, o de habitante primigenio. La impresión es fascinante. Multiplican de tal manera lo real que aniquilan tu ego y tus problemas, y por eso, supongo, te calman.

Suceden tantas cosas ahí arriba, que de algún modo nuestro olvido está en proporción inversa a su masividad. Tan absortos estamos por el Sistema este demoníaco coronaviresco en el que nos mete el Imperio de Occidente.

Luego me ha invadido una sensación menos golosa y más siniestra, quizás por el vicio que tengo de desconfiar de las instituciones humanas que nos gobiernan. ¿Y si esas estrellas fueran un urbanismo, una ingeniería, de una raza de dioses antagónica?

Como quién dispone en cierto orden orgánico a una serie infinita de generadores de energía. Como si fuera ciudades. Colmenas. Como si fueran signos dispuestos por el Ecumenismo Galáctico de una Ekklesia vigente de antiguos dogmas incomprensibles, que rigiera nuestros destinos sin mucho ánimo amical.

Una maravilla fascinante y algo mórbida que ha sellado la jornada (y que me ha hecho preferir la mirada del hombre paleolítico a la del disidente posmoderno) y que me ha dado pie a amar este primer día de arresto sanitario.

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