Desde que Christopher Nolan llevó su vida a la gran pantalla, Robert Oppenheimer se ha convertido en una especie de figura de culto.

A su alrededor se ha ido formando una nube de leyendas que mezclan sin demasiado cuidado hechos históricos, interpretaciones cinematográficas y, en algunos rincones de internet, teorías conspirativas bastante disparatadas.

Conviene, por tanto, pararse un momento y separar al personaje real del mito, porque la historia verdadera, con sus contradicciones y sus zonas grises, resulta mucho más interesante que cualquier caricatura.

Un físico brillante, no un inventor solitario

Oppenheimer nació en 1904 en el seno de una familia judeoalemana instalada en Nueva York.

Se formó en algunas de las universidades más prestigiosas del mundo, entre ellas Harvard, Cambridge y Göttingen, y con los años se convirtió en uno de los físicos teóricos más respetados de Estados Unidos.

En 1942 el general Leslie Groves lo eligió para dirigir el laboratorio científico del Proyecto Manhattan en Los Álamos (fuente: «Oppenheimer: 5 Facts About the Father of the Atomic Bomb», HISTORY).

Conviene aclarar de entrada algo que suele repetirse de forma bastante simplista: Oppenheimer no inventó la bomba atómica por sí solo.

Su verdadero mérito fue otro, y no menos extraordinario. Logró coordinar y dirigir a un grupo descomunal de científicos de primerísimo nivel, entre los que figuraban Fermi, Bethe, Teller, Feynman o von Neumann, y consiguió que todo ese conocimiento teórico se transformara en un arma operativa en un plazo de tiempo asombrosamente corto.

Fue, ante todo, un gestor de talento excepcional además de un físico brillante, y esa doble condición explica por qué se le recuerda como el rostro visible del proyecto.

Su personalidad, por cierto, distaba mucho de ser sencilla. Era un hombre culto hasta el extremo, capaz de leer literatura y filosofía en varios idiomas, y llegó a estudiar sánscrito en Berkeley por puro interés intelectual.

Su fascinación por la Bhagavad Gita no fue en absoluto una invención de Nolan, sino un rasgo perfectamente documentado de su biografía (fuente: «Oppenheimer reflects on his early career», Physics Today).

Junto a esa erudición convivían también un ego considerable, una tendencia a la teatralidad y una vida sentimental bastante turbulenta.

En realidad, Oppenheimer fue siempre un hombre profundamente ambivalente, muy alejado tanto del científico pacifista obligado a fabricar un arma en contra de su voluntad como del fanático militarista que después finge remordimiento.

Durante la guerra quiso fabricar la bomba y quiso que su país la tuviera, y solo después de comprobar su funcionamiento comenzó a transformarse en una de las voces más influyentes a la hora de advertir sobre los peligros de la carrera nuclear.

¿Comunista, espía o simplemente un hombre de su tiempo?

Uno de los aspectos más manipulados de su biografía es su relación con el comunismo, y aquí sí hay bastante sustancia histórica que merece la pena repasar con calma.

Durante los años treinta, Oppenheimer se movió en ambientes intelectuales fuertemente marcados por el antifascismo y por la izquierda estadounidense de la época.

Su hermano Frank era comunista, su amante Jean Tatlock estaba vinculada al Partido Comunista y también su futura esposa, Kitty, había tenido relación con esas mismas redes (fuente: «Oppenheimer Security Hearing», Nuclear Museum).

El propio Oppenheimer llegó a contribuir económicamente a causas antifascistas a través de canales cercanos al partido, y describió más tarde su postura política de juventud como un intento de empujar el New Deal hacia la izquierda, más que una adhesión revolucionaria al comunismo soviético (fuente: «Oppenheimer Security Hearing», Nuclear Museum).

No existe, sin embargo, ninguna prueba concluyente de que llegara a ser miembro formal del partido comunista estadounidense.

Tampoco sería honesto afirmar que no tuvo nada que ver con ese mundo, porque su relación con ese entorno fue innegable y él mismo la reconoció años después ante los comités de seguridad (fuente: «Oppenheimer Security Hearing», Nuclear Museum).

Distinto es el asunto del espionaje: no hay evidencia sólida de que Oppenheimer trabajara jamás para la inteligencia soviética.

El episodio más delicado de toda esta historia fue el llamado caso Chevalier, en el que un amigo suyo le planteó la posibilidad de transmitir información nuclear a la Unión Soviética.

Oppenheimer rechazó la propuesta, pero ocultó inicialmente el episodio y después ofreció versiones contradictorias sobre lo sucedido, un comportamiento que terminaría pasándole factura de forma muy severa (fuente: «Oppenheimer Security Hearing», Nuclear Museum).

De héroe nacional a persona incómoda

Tras Hiroshima y Nagasaki, Oppenheimer se convirtió progresivamente en un firme defensor del control internacional de las armas nucleares.

Llegó a presidir el comité asesor de la Comisión de Energía Atómica, desde donde se opuso a la carrera precipitada hacia la bomba de hidrógeno (fuente: «J. Robert Oppenheimer (1904–1967)», American Experience, PBS).

Su postura no era la de alguien que reclamara un desarme unilateral de Estados Unidos, sino algo bastante más sofisticado. Era la convicción de que el problema nuclear no se resolvía fabricando armas cada vez más destructivas, sino gestionando políticamente ese poder a escala internacional.

Esa posición resultaba muy incómoda en los primeros compases de la Guerra Fría. En 1954 Oppenheimer perdió su autorización de seguridad tras un proceso enormemente controvertido, en el que pesaron tanto sus antiguas simpatías políticas como sus contradicciones durante los interrogatorios y su oposición a determinadas líneas de la política nuclear estadounidense (fuente: «Oppenheimer Security Hearing», Nuclear Museum).

Hay una lectura de su trayectoria que resulta especialmente reveladora. Oppenheimer pasó de ser una herramienta extraordinariamente útil para el aparato militar de su país a convertirse, en apenas unos años, en una figura molesta para ese mismo aparato en cuanto sus opiniones dejaron de resultar convenientes.

En cuanto a si puede considerársele un imperialista estadounidense, la respuesta depende mucho de qué se entienda por ese término.

Si hablamos de alguien que participó de forma decisiva en la construcción del poder militar y tecnológico de Estados Unidos, la respuesta es claramente afirmativa, porque el Proyecto Manhattan fue uno de los mayores despliegues de poder estatal de toda la historia y Oppenheimer era plenamente consciente de las consecuencias geopolíticas de su trabajo.

Pero si por imperialista entendemos a alguien ideológicamente comprometido con la expansión territorial o la dominación colonial, la evidencia es mucho más débil. De hecho, su evolución posterior lo llevó precisamente hacia la cooperación internacional y la limitación de la carrera armamentística (fuente: «J. Robert Oppenheimer (1904–1967)», American Experience, PBS).

Israel, la identidad judía y el sionismo

Otro de los terrenos donde suelen mezclarse hechos y especulaciones es su relación con el judaísmo y con Israel.

Oppenheimer nació en una familia judía, pero muy secular, vinculada a la Ethical Culture Society y alejada de cualquier práctica religiosa convencional, de modo que resulta engañoso presentarlo como un judío religioso (fuente: «The Jewish story behind Oppenheimer, explained», Jewish Telegraphic Agency).

Sí tuvo, en cambio, una identidad judía cultural bastante marcada, aunque ambivalente.

Respecto al sionismo, conviene ser cuidadoso, porque no hay razones sólidas para describirlo como un militante sionista, pero tampoco puede negarse que mantuvo vínculos importantes con el naciente Estado de Israel.

En 1947 se reunió junto a Einstein con Chaim Weizmann en Princeton para hablar, entre otras cosas, del posible desarrollo de un reactor nuclear en Palestina, y más adelante llegó a formar parte del consejo de gobierno del Instituto Weizmann de Ciencia (fuente: «Julius Robert Oppenheimer», Jewish Virtual Library).

Existen incluso testimonios sobre un encuentro con David Ben Gurion relacionado con cuestiones nucleares, aunque las afirmaciones más contundentes sobre su influencia real en el programa nuclear israelí proceden de fuentes secundarias y conviene tomarlas con cierta cautela (fuente: «Julius Robert Oppenheimer», Jewish Virtual Library).

Hay una frase suya especialmente reveladora, pronunciada durante una visita a Israel, en la que expresaba dudas sobre si la soberanía judía era realmente necesaria para el destino cultural del judaísmo.

Esto sugiere una relación mucho más matizada con el sionismo de lo que a veces se cuenta (fuente: «Oppenheimer’s «very late» bar mitzvah», The Times of Israel).

¿Y la masonería?

Aquí conviene ser especialmente escéptico.

A pesar de que circula con cierta insistencia por internet la idea de que Oppenheimer habría sido masón de grado treinta y tres, no existe ningún registro histórico fiable que lo respalde.

Esa afirmación procede fundamentalmente de literatura conspirativa —en concreto de un libro de temática conspirativa titulado Codex Magica, sin ningún rigor académico ni reconocimiento historiográfico—, y ninguna biografía seria aporta pruebas de su pertenencia a ninguna logia.

La confusión probablemente nace de que aparece en fotografías junto a políticos que sí eran masones, como Lyndon B. Johnson, pero compartir imagen con un masón no convierte a nadie automáticamente en uno de ellos.

La frase más famosa de la historia de la física

Y llegamos, inevitablemente, a la cita que todo el mundo conoce: aquello de que se había convertido en la muerte, destructora de mundos.

La frase es real, Oppenheimer la pronunció, pero merece la pena matizarla con precisión.

No la inventó él, sino que procede de la Bhagavad Gita, del diálogo entre Krishna y Arjuna, un texto que Oppenheimer conocía en profundidad gracias a sus estudios de sánscrito (fuente: «»The destroyer of worlds»: Oppenheimer, death, and the Bhagavad-Gītā», ABC Religion & Ethics).

Curiosamente, en el pasaje original quien pronuncia esas palabras es Krishna, no Vishnu, aunque Oppenheimer se refiriera a esta última divinidad al recordarlo (fuente: «»The destroyer of worlds»: Oppenheimer, death, and the Bhagavad-Gītā», ABC Religion & Ethics).

Lo más fascinante, quizá, es que no tenemos ninguna grabación de Oppenheimer pronunciando esa frase en el momento exacto de la prueba Trinity, en julio de 1945.

La versión que conocemos procede de una entrevista concedida veinte años después, en la que recordó haber pensado en ese pasaje mientras contemplaba la explosión (fuente: «The Life of J. Robert Oppenheimer: The Manhattan Project Years», National Park Service).

Es muy posible que el recuerdo sea absolutamente auténtico, pero desde el punto de vista histórico conviene distinguir entre lo que Oppenheimer recordó haber pensado y lo que efectivamente quedó registrado en aquel instante.

Más interesante todavía resulta el significado de la frase, que suele malinterpretarse como una especie de proclamación divina de destrucción.

En la Gita, Krishna intenta convencer a Arjuna de que cumpla con su deber como guerrero mostrándole que la muerte forma parte de un orden cósmico mucho mayor que él mismo (fuente: «»The destroyer of worlds»: Oppenheimer, death, and the Bhagavad-Gītā», ABC Religion & Ethics).

Lo que Oppenheimer parecía querer transmitir, más que una identificación literal con un dios destructor, era la conciencia de haber alcanzado un poder que hasta entonces pertenecía únicamente al ámbito de lo divino, y la responsabilidad moral inmensa que ese poder implicaba.

De hecho, según recoge el propio Servicio de Parques Nacionales, tras Hiroshima su primera reacción pública no fue de arrepentimiento, sino de orgullo por el trabajo realizado, y su principal pesar era no haber terminado la bomba a tiempo para usarla contra Alemania (fuente: «The Life of J. Robert Oppenheimer: The Manhattan Project Years», National Park Service).

Fue después de Nagasaki cuando el ambiente en Los Álamos cambió de verdad, y cuando Oppenheimer empezó a hablar abiertamente de la responsabilidad moral de los científicos, resumida en su célebre frase de que los físicos habían conocido el pecado (fuente: «J. Robert Oppenheimer (1904–1967)», American Experience, PBS).

Una vida hecha de contradicciones

Si hubiera que resumir a Oppenheimer en una sola frase, probablemente la más justa sería la de un humanista secular, elitista y cosmopolita.

Fue un hombre situado en la izquierda durante su juventud, profundamente implicado en el aparato militar estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial, y convertido después en uno de los críticos más lúcidos de la carrera nuclear, sin llegar nunca a ser un revolucionario ni un enemigo de su propio país.

Y precisamente en esas contradicciones reside lo que hace tan fascinante su historia.

Su verdadera tragedia no fue simplemente haber ayudado a crear el arma más destructiva jamás construida.

Fue haber creído que después podría contribuir a controlar ese mismo poder que había ayudado a liberar, para descubrir finalmente que el Estado que se lo había confiado podía prescindir de él en cuanto sus opiniones dejaron de resultarle cómodas.

Vista así, la historia de Oppenheimer es menos la de un científico que fabricó una bomba y mucho más la de una relación tensa y compleja entre la ciencia, el poder del Estado, la guerra y la conciencia individual. Una tensión que, por cierto, sigue estando plenamente vigente hoy en día.

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