No me enteré del 8M

No me enteré del 8M

No me enteré del 8M

No vi nada del aquelarre feminista del 8-M y me alegro de ello, mi vida es mucho mejor.

Dormí hasta tarde, trabajé, me dieron las horas del almuerzo pero salí sin comer hacia el río. Allí compré cuatro alitas de pollo y un vaso de rodajas de mango, una limonada de caña de azúcar que me incorporé rápido, para pasar a zambullirme en el Dios río, desangrándose apresurado y mayestático desde los páramos de la Sierra Occidental.

He inventado hasta un ejercicio que es mover rocas buceando. Otro que es trepar corriente arriba como un gato subfluvial.

A mis 38 añazos jugando como un crío, y no me arrepiento ni me avergüenzo, al contrario.

Volví en una pendulante buseta, a oscuras en su interior, lleno de gente sentada y de pie, y de morenas bonitas con el pelo recogido, piernas largas y blandas y miradón pícaro con dos solazos por ojos, que brillaban en la penumbra con complicidad. Íbamos acompasados todos en nuestro balanceo por la conducción amuellada del artefacto, mientras un vallenato (tras otro) sonaba en la cabina, opacado por los alaridos de un señor intoxicado que se los sabía todos, para vergüenza de su esposa, que le exigía sin éxito que “No mejor cállese Rodolfo”.

Al llegar, ya de noche, trabajé en algunas cosas pendientes con la computadora, y navegué algo por internet. Me cuidé mucho de *no* buscar ni ver nada relacionado con el dichoso 8-M. Ese españolísimo aquelarre de odio, parapetado con una máscara de decencia, y orquestrado por los poderes del Sistema, para confrontarnos entre hombres y mujeres.

Ni una foto vi, ni un titular de prensa. Nada.

Y me siento fenomenal.

Yo no odio a las mujeres, las amo y las respeto. Yo no soy un violador. Yo no soy despreciable. Y a mi se me respeta como hombre y como ser.

Las españolas lo saben, pero traicionan a su propia realidad, y si no eres un hombre de su entorno te desprecian con las más aberrantes actitudes, y quedándose más anchas que altas.

El Estado por su parte se congratula de la guerra de sexos, Divide et Impera, ya nadie se fija en él como Poder Organizador, porque nuestras fuerzas están ocupadas en una guerra entre una mujer privilegiada que ha perdido interés en los hombres, y unos hombres resentidos que se lo hechan en cara, sin comprender por qué.

La mujer mantiene al hombre oprimido, desprovisto de respeto, de reconocimiento, de amor, de sexo… con una retórica del victimismo más severo, que la erige como a un verdugo despiadado.

Mujer empoderada equivale a hombre claudicado: fin de la alianza entre nosotros, fin del reparto de roles acorde a nuestra naturaleza, fin del amor, fin del respeto, fin de la resistencia ante el Estato-Capitalismo, ese monstruo de dos cabezas, fin, al fin y al cabo, de la Familia, de la Nación, de todas las Instituciones que nos defendían del Dinero y del Leviatán.

Enfrentados entre nosotros, ya no hay tiempo, nadie critica al Poder, y él imperará imperturbable tras dividirnos.

Pero yo fui al río

A mi esa Agenda Globalista no me alcanzó. No me contemporizaron el pensamiento. No ocuparon mi mente. Lo hago yo ahora pasando revista de lo que me he ahorrado. No me encontraron. Ni me encontrarán, porque los cirios futuros que preparen serán eludidos por mi, una y otra vez.

Por suerte, en Colombia no me veo expuesto a tantos peligros y avatares. Aquí las mujeres son exigentes, pero para que seas correcto y buena persona. Logrado eso, te harán sentir como a un Rey.

Dios las bendiga.

Ahora me estoy tomando un bagre a la plancha fabuloso.

Cero % de impacto feminazi.

100% disfrutada de bagre a la plancha.

Aún me acuerdo de esos ojos de verdadera mujer en la penumbra de la buseta, de mujer morena capaz de amar, las únicas que cuentan para mí.

Saludos,

Bogotá

Bogotá

Bogotá

Entre el frío soleado, y los ruidosos chorros de humo carbónico de las busetas (talludas ballenas que le pasan a uno rasantes), las desconchadas paredes de las entrañas de San Victorino en Bogotá se hacen eco de una comercial tarde del neonato 2019.

A grito pelado, los vociferados artículos en venta callejera colman la capacidad de atención del novato visitante, que declina con genuina sonrisa los ofertones que los rolos (gente tan endurecida como noble, a quién se empeñe en leerlos entre líneas) se afanan en regalar.

Lina me dijo que nos veríamos en Bogotá, pero me mintió, el dinero que me pidió para el viaje se lo gastó en vete a saber qué pañales y papillas. No la culpo, me culpo a mí: he querido salvar del abismo a una pequeña delincuente, y he pagado por ello.

Pero no he desistido en mi felicidad andina, zafada milagrosamente de todo contratiempo.

Lejos ahora de la costa caribe que tantas promesas me incumplió, he re-descubierto a una Bogotá masiva (e inasequible) en la que, por todos los Dioses del Olimpo, siempre, siempre regresaré porque la noto tan materna y solemne como la cordillera que corona.

Eso sí, no viviría en Bogotá (idea que entretuve en su día), por su ritmazo y sus distancias. Es tan grande, que uno queda disuadido de abandonar la pequeña área en la que decida radicar. Entre polos urbanos, sólo un chirriante sistema de buses con carril propio le trasladan a uno, no sin penurias, apretujones, y silencios en trayectoria.

Sin embargo la sigo recorriendo a pie, como quién sueña tras un día agotador. Es una exploración tan onírica como la propiamente del sueño, una acusada adicción, caviar para unos pocos aventureros, una dependencia (la del flâneur) que pocos vivientes nos atrevemos a confesar a la platea.

De hecho, en el barrio en el que Lina me citó en falso (cosas que le pasan a uno), fue por mi soñado con dos meses de antelación. La blancuzca temprana tarde, la horizontalidad de la luz, el caminar arduo, las casas entreabiertas – al filo de lo privado -, el embrionario gentío que, pausando sus tareas, observaba disimulante al extranjero en su errar decidido.

Espero que te vaya muy bién Lina, ya no me importas, ya no me interesas, porque te he perdonado, porque la vida me sonríe terca, y me apremia a ignorar las inclemencias que no me pertenecen.